aunque seguramente hubo mañanas en las que corrí desesperado a ver mis regalos debajo de la escalera o el árbol, tengo muchos más de dormi hasta medio día, pese a la euforia navideña. el que tengo más presente de todos es despertar para encontrar a todos mis primos jugando súper nintendo. después de esperar mi turno y matar a Mario varias veces, descubrí que el nintendo era el regalo que había llegado para mi hermana y para mí.
un par de años después -ni siquiera tantos- encontré escondidos en la oficina de mi abuelo en Morelia los regalos que amanecerían un día después debajo de la escalera, a nombre del niñito jesús. no armé un escándalo, hice todo discreto hablando con mi mamá. sus razones no me convencieron y dos días después encontré el ticket de compra en su bolso -porque sí, al parecer buscaba cosas en su bolso- y hasta ahí llegó esa ilusión. no sé si me enteré muy niño, pero definitivamente lo hice antes que mis amigos y me encargué de matar un poco sus ilusiones también. (en realidad les aposté mil pesos a que santa no existía. era un niño extremadamente racional y al parecer ojete.)
lo peor de todo no es enterarse que son los padres -o no lo fue para mí- pues los regalos siguieron llegando un par de años más, después se convirtieron en dinero y este año en tenencia vehicular. la cosa era que si los papás compraban los regalos, significaba que los niños sin papás no recibirían nada. como para comprar se necesita dinero, los niños pobres tampoco recibirían nada. el verdadero problema es que todo eso de recibir regalos como recompensa a portarse bien todo el año era simplemente una mentira, una grande y descarada.
pocos años después de eso dejé de creer en muchas otras cosas. desde entonces, la navidad puede tratarse de unión o desunión familiar, de pavo, bacalao o pierna, arbolito, paz y amor, nieve, pero nada más no termino de contagiarme de ese espíritu navideño.
