para la mayoría de mis primos, la biblioteca de mi abuelo siempre ha estado en el lugar en el que está ahora -en el mismo cuarto que la tele- y es entendible, pues muy pocos habíamos nacido cuando sucedió todo lo que voy a relatar. tengo un recuerdo -y sólo uno- de que ese cuarto solía ser la habitación de mis abuelos. tambíen recuerdo que estuviese por varios años donde está ahora el consultorio de mi tía Ceci. todavía antes, la biblioteca estaba en el rancho -o la mayor parte de ella, pues la biblioteca está en todas partes. sólo hoy después de tantos años creo que puedo entender lo que realmente pasó ese día y me temo que acaso mi narración esté demasiado contaminada por mis teorías previas y mis recuerdos demasiado transformados como para que suene creíble. estoy seguro de haber perdido toda mi credibilidad hace tiempo ya por lo que eso relamente no me preocupa. no hay nada que se pueda hacer al respecto y si temo no es por ustedes sino por mí: no quisiera que esto no hubiese pasado justo como lo voy a contar.
el rancho de mi abuelo era increíblemente grande y se esparcía por más de doscientas hectáreas que cruzaban otros ranchos de personas que levantaron muchas bardas de piedra de esas que aunque no están pegadas, tampoco parece que se puedan caer. (una vez tuve oportunidad de ver las escrituras y el croquis del rancho alcanzaba lugares que no me imaginaba que existieran, que nunca conocí.) los primos grandes, que en ese tiempo no éramos más de cinco y que hoy en día ya somos prácticamente todos -miento, somos veinte y los chicos serán seis o siete- jugábamos a las escondidas en el área de la casa grande, pero lo limitábamos a un sólo piso y sin permitir la bodega -después se expandió para permitir el área de los camichines. la verdad es que la mayoría nos escondíamos en la biblioteca -que incluso entonces era enorme y compartía lugar con la sala de televisión. los libros estaban dispuestos en una treintena de estantes acomodados de la manera más laberíntica posible: por eso era un buen lugar de escondite, podías rodear a tu buscador, podías esconderte entre estantes, debajo de ellos, detrás de los libros.
supongo mi escondite fue demasiado bueno, quizás fue hora de la comida y no escuché el grito, o todos decidieron jugarle una broma al primo mayor. la otra razón por la que me gustaba esconderme en la biblioteca era porque ya sabía leer. tomé un libro que tenía a la mano y lo abrí a la mitad. leí las palabras más hermosas que he leído jamás. cerré el libro para ver la cubierta, fue extraño que no tuviera nada escrito y tuviera cubierta de tela. quise regresar a la página y no la encontré. estaba escrito como biblia y me tenía que acercar un poco para leer bien. debí haber pasado varias horas leyendo cosas que han pasado hasta hace poco y otras tantas que creí que pasarían y no han pasado todavía. había hojas enteras ilegibles, letras tras letras que no hacían ningún sentido. había hojas en idiomas que ahora conozco como inglés, latín, francés, alemán o tzeltal. había páginas enteras de números, uno tras otro, que llenaban hoja tras hoja. tengo que confesar que estoy bastante seguro que más de una de las entradas que he publicado aquí se basan en recuerdos de algo que leí ahí. es normal que empiece a leer un libro que acabo de comprar y recordar que ya había leído algo muy similar en ese libro.
en aquel entonces, decir que la biblioteca era un laberinto era más que una comparación. para mí lo era de verdad; los estantes eran muchísimos y los libros casi infinitos. uno a veces hace cosas sin pensar bien por las cosas y personas que estima más; yo escondí el libro para no perderlo, detrás de varios atlas y libros grandes. no lo volví a encontrar.
era el verano de la copa del mundo de estados unidos mil novecientos noventa y cuatro. un año atrás, en el verano, mi abuelo había hecho un viaje al cono sur, específicamente a la argentina. estando en buenos aires quiso visitar la biblioteca nacional y acudió a la sede de la calle méxico que ya para entonces estaba prácticamente vacía, pues se estaban mudando al edificio actual y quedaban sólo unos cuantos libros sin catalogar, revistas y periódicos en uno de los sótanos. gracias a su visa diplomática -y quizás a su parecido físico a Octavio Paz- le permitieron la entrada a mi abuelo e incluso le regalaron algunos ejemplares -seguramente facilitando así su trabajo. esos libros estaban ahora en su biblioteca y es la mejor explicación que he podido ofrecer: tuve en mis manos un libro que un cuarto de siglo antes había estado en las de Jorge Luis Borges.
