La carta que nunca te he enviado te encanta. Todos los días cuando no te llega, la lees y la relees y te sonríes y lloras y me riñes y me odias. Más de una vez has jurado que no la leerás o que terminará arrugada en la basura. Así ha pasado a veces.
La carta que nunca te he enviado la sabes de memoria y te la recitas los domingos. Tú mejor que yo sabes lo que esa carta dice y a mi también me gusta porque sólo ahí digo lo correcto para hacerte sentir exactamente como quieres sentirte.
En el sobre de la carta que nunca te he enviado no aparece ningún remitente, pero no hace falta. Siempre que no te llega sabes perfectamente que es de mí y sabes del lugar en el que no estoy. Esa carta no te pregunta cómo estás ni te platica cómo estoy yo; sólo te escribo que he encontrado la manera de ser tan odioso en ese modo que no odias y dejo de decirte las demás palabras que me guardo para siempre y para mí.
La carta que nunca te he enviado te hace esperar por ella o por mi esquela o por un citatorio del banco que diga que puedes ir a cobrar tu seguro. Te dice cómo te sientes y no tiene la razón. Te dice cosas y no son ciertas.
De la carta que nunca te he enviado te gusta hasta mi letra. La enmarcarías si no tuvieses que esconderla de ti. La guardarías si no quisieras mostrarla.
La carta que nunca te he enviado te llega del pasado con los mejores sellos del mundo. La carta que nunca te he enviado la aborreces y quemaste para nunca más; prefieres no enviarme la respuesta que espero y que has escrito mil veces y de la cual sólo sé que dice justo lo que no pienso.
La carta que nunca te he enviado es enormísimo plagio de tu vida y la suma de los regalos que jamás quise darte. Es así, mira, como cualquier mundo de tinta y papel. Sólo le falta ser para ser perfecta. Y ni la esperas, porque el servicio postal deja mucho que desear y es la excusa necesaria para no enviarte nada. Con esa carta te portarás como niña de secundaria y con ella lograré que me odies un poquito más.
Por eso no te envío la carta que nunca te he enviado. En su lugar te envío esta que no es la carta que nunca te he enviado, pero aquí la tienes.
La carta que nunca te he enviado la sabes de memoria y te la recitas los domingos. Tú mejor que yo sabes lo que esa carta dice y a mi también me gusta porque sólo ahí digo lo correcto para hacerte sentir exactamente como quieres sentirte.
En el sobre de la carta que nunca te he enviado no aparece ningún remitente, pero no hace falta. Siempre que no te llega sabes perfectamente que es de mí y sabes del lugar en el que no estoy. Esa carta no te pregunta cómo estás ni te platica cómo estoy yo; sólo te escribo que he encontrado la manera de ser tan odioso en ese modo que no odias y dejo de decirte las demás palabras que me guardo para siempre y para mí.
La carta que nunca te he enviado te hace esperar por ella o por mi esquela o por un citatorio del banco que diga que puedes ir a cobrar tu seguro. Te dice cómo te sientes y no tiene la razón. Te dice cosas y no son ciertas.
De la carta que nunca te he enviado te gusta hasta mi letra. La enmarcarías si no tuvieses que esconderla de ti. La guardarías si no quisieras mostrarla.
La carta que nunca te he enviado te llega del pasado con los mejores sellos del mundo. La carta que nunca te he enviado la aborreces y quemaste para nunca más; prefieres no enviarme la respuesta que espero y que has escrito mil veces y de la cual sólo sé que dice justo lo que no pienso.
La carta que nunca te he enviado es enormísimo plagio de tu vida y la suma de los regalos que jamás quise darte. Es así, mira, como cualquier mundo de tinta y papel. Sólo le falta ser para ser perfecta. Y ni la esperas, porque el servicio postal deja mucho que desear y es la excusa necesaria para no enviarte nada. Con esa carta te portarás como niña de secundaria y con ella lograré que me odies un poquito más.
Por eso no te envío la carta que nunca te he enviado. En su lugar te envío esta que no es la carta que nunca te he enviado, pero aquí la tienes.
