martes, 19 de abril de 2022

martes de escribir

cuando tenía quince años estaba seguro que sería escritor. escribía un montón de piezas horribles, pero escribía. recuerdo, por ejemplo, una noveleta costumbrista y mágico realista al mismo tiempo, en la que enamoraba a Beatriz con descripciones exageradas de paisajes idílicos y un viaje al rancho de mi abuelo cuando ni siquiera sabía manejar. escribía poemas como si me pagaran, con este estilo de prosa libre que no se me ha quitado porque no es una etapa, mamá, que no rimaban pero según yo tenían ritmo, porque me parecía espantoso rimar ella con estrella con más bella --y eso no ha cambiado. otras veces que jugaba con la forma que quiere decir que alineaba a la derecha en Word, 

alineaba al centro,

ahora me ves,

ahora no me ves. 

innovador. escribía una newsletter que enviaba a mis amigos de la prepa porque acababa de descubrir a Jorge Ibargüengoitia y era como mi columna semanal. recuerdo que me conmoví de saber que las guardaban hasta que me señalaron que yo pedí que lo hicieran en la primera entrega. escribía pequeños cuentos cortos que mi tía Ceci leyó una vez en la cena de navidad, abusando el único recurso humorístico que tengo a la fecha: construir expectativas que romperías en el último 


conservo muchos de los archivos digitales, en una carpeta que desde siempre se ha llamado escribiciones, en minúsculas, manía que tampoco he superado. ya casi a mis dieciocho, apresurado en parte por la envidía que me carcomía de que mi papá hubiera pagado una edición de un escrito de mi hermana y fuera referida como la escritora de la familia, terminé la que oficialmente llamaría mi primera novela, un bodoque de ciento veinte páginas --porque era el mínimo para enviarla a concursar al Aguascalientes-- que era como haber tomado varias de las cosas que había escrito hasta entonces y amarrarlas juntas aunque no tuviera coherencia; escrita a trancos no tanto por El Llano en Llamas sino por Green Grass, Running Water que me había prestado Silvia que la pusieron a leer en su semestre en Calgary. Comosellame fue leída por aproximadamente cuatro personas y recuerdo dos de las críticas:

No entiendo por qué el papá del personaje está muerto 
si eso no es importante para su personaje.
--mi papá

Todos somos Alejandro
--Daniela

no necesito decir que no me gané una impresión gratuita aunque la consideraba una obra maestra, mucho mejor que La Tumba de José Agustín, por decir algo. tampoco, inexplicablemente, recibí noticia de los múltiples concursos a los que la envié --mi pseudónimo, presuntuoso, lo revelo aquí: Juan Aniv de la Rev-- pero que supone que al menos otras dos personas las leyeron. debí haber empezado otra docena de escritos que nunca terminé; recuerdo, por ejemplo, Avenida del Lago, un recuento hiperbólico de aventuras que vivía con mis amigos de la primaria y secundaria, bañadas de realismo mágico y más tretas de la forma. todo sucedía en una casa ficticia vecina a la casa donde crecí, en Avenida del Lago, aunque la mayoría de las cosas habían sucedido realmente* en la calle de Mau Leos, porque nada pasaba en mi casa. también recuerdo cuando decidí emprender mi siguiente proyecto: una enorme obra de realismo mágico --más-- que pretendía explotar el fin del mundo predicho por los mayas para el año dos mil doce --que estaba por pasar-- y un dato curioso que no he podido verificar pero que estaba seguro que había leído en algún lado: que el calendario maya iniciaba el doce de agosto del año tres mil ciento catorce antes de cristo, es decir, que el día que yo cumpliera cien años --un siglo-- la tierra cumpliría cinco mil doscientos --como un siglo maya eran cincuenta y dos años, era un siglo de siglos. me propuse --porque era ya un escritor-- hacer investigación, es decir, fui a Librerías Gonvill en el centro y compré un carísimo libro sobre los mayas con muchas fotos que no he terminado de leer. lo que recuerdo del primer capítulo es que el personaje principal estaba de vacaciones con su papá --que no iba a matar dos veces-- y tenían un accidente en carretera a orillas de la selva, que transportaba a nuestro protagonista al mundo mágico de los antiguos mayas --mi abogada me recomienda decir que no había visto El Camino a El Dorado entonces.

ahora que estoy por cumplir treinta y cinco, la verdad no estoy tan segura. para empezar, soy una persona distinta, como sutilmente quise señalar con la concordancia número y género. segundo, ahora entendería una historia sobre los mayas como bastante explotativa de una tradición y cultura que no tienen nada que ver conmigo, a la que no pertenezco y de la que sé absolutamente nada más allá de haber visitado un par de zonas arqueológicas en vacaciones --sin mencionar que cada vez que he vuelto a buscar el dato, la fecha que me arroja es once de agosto, no doce. sobre todo, he escrito poco. lo intenté durante varios años de universidad, tratando de mantener vivo este blog donde me lees, saltando de enamoramiento a enamoramiento y de decepción a decepción con prosa libre, ritmo que no sé si alguien más entiende, paredes de texto completas. he escrito varios cuentos cortos, mucho menos Cien Años de Soledad y mucho más La Invención de Morel o El Libro de Arena --o eso pretendo, vaya. irónicamente, ahora tengo varios libros publicados --once, más o menos-- cortesía del Departamento de Matemáticas de la Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de Guanajuato. 

pero ya no escribo. tengo ideas que mastico por días, por semanas, a veces, como este texto, por años antes de plasmar. hay noches que me duermo con la computadora a un lado y la pantalla en blanco, porque no me decidí a escribir y solo lo pensé y lo pensé y lo pensé. cuando por fin me siento, como ahora, el texto puede salir así, completo, en media hora en lo que veo el juego dos entre Memphis y Minneapolis e intento ayudar a Yareli a hacer preguntas para su concurso de trivia. no hay trabajo de edición que le gane a mi capacidad para sobrepensar las cosas. este texto es afortunado, pero muchos otros quizás no vean la luz del día: un pequeño cuento sobre una ciudad en la que te hacen una enorme fiesta a los dieciocho y te mandan a la gran ciudad donde pasas tu vida entera en la fila para algún trámite; una historia absurda sobre un detective que intenta convencer al mundo de que Conan O'Brien, el presentador de televisión y anfitrión de podcast, es un asesino serial, basado en las múltiples veces en las que ha confesado crímenes ficticios en el programa; una secuela de Mi Pobre Angelito que le haga justicia a las dos originales, siguiendo a Kevin como adulto y, sobre todo, como padre, tratando de superar lo que vivió como niño, hacer las paces con su familia, cuando su mamá reúne a la familia porque van a vender la casa --qué difícil es escribir historias de los noventas en los tiempos del celular; una serie de ensayos sobre Ted Lasso, con el formato que experimentó Shea Serrano en Where Do You Think We Are? sobre mi serie favorita. creo que es fácil ver por qué algunas de estas cosas no las termino, pero hay otras que juro que son buenas o que pospongo porque falta una temporada o porque no he terminado Bird By Bird o porque tengo trabajo o porque la idea no se ha formado completa en mi cabeza. en cambio, empiezo pero tampoco termino un libro sobre trigonometría, sobre geometría analítica y cálculo y cálculo, tratando de explicar con claridad todo lo que está detrás, varios cuadernillos de olimpiada de matemáticas que junten lo que he enseñado por años, un enorme libro de teoría de números, otro de combinatoria, otro de áreas y geometría, uno para empezar a entrenar peques, otro con mis problemas favoritos de todos los tiempos... pero eso tampoco acabo. y sí he querido. en los tiempos en los que vivimos decidí inscribirme al taller de escritura de Alaíde y juro que me puse a escribir. trabajé mes y cachito en una historia de un par de chicas trans, una llamada Barbie, que tiene parte de las cosas que yo viví al principio y que me dan risa, pero contadas como confesión en estación de policía porque las chicas son asesinas seriales de asesinos, es una venganza y yo creía que le gustaban mis capítulos a Alaíde pero no le avanzo porque solo tengo esa idea y no sé cómo llevar al personaje aquí o llevarlo allá, no sé cómo ocurren las cosas porque solo tengo palabras o frases que me gustarían, tengo un personaje, tengo una situación pero no hay una historia completa y me repito que a lo mejor es que no he vivido todavía y por eso no tengo cosas que contar y pienso y escribo y me detengo porque ahí está la idea que me gusta y sé cómo empieza y sé qué dicen y luego

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