suponga usted, querido lector, que un día se despierta y se encuentra usted ante una puerta. no la puerta al paraíso con san pedro enfrente ni la puerta al infierno porque ésta está más bien cerrada, ni una puerta antigua ni una puerta muy grande, ni la puerta de alcalá, ni la puerta al oeste. sólo una puerta, una simple y triste puerta café de madera. la puerta, como bien sabes porque tú te la encontraste, no está en el piso ni bajo tu cama sino parada horizontalmente como haría cualquier puerta a cualquier lugar en cualquier lugar del mundo con la única novedad de que ésta está en medio de tu cuarto. fuera de eso es una puerta cualquiera, tamaño y peso oficial.
la puerta, que está ahí nada más parada como viendo pasar el día, no detiene nada y no divide nada aparente. es decir, después de levantarte y quitarte las lagañas, diste una vuelta entera alrededor de la puerta sin tener que utilizar tu poder para atravesar muros o tablaroca.
la puerta, que no parece ir a ningún lado, está en tu cuarto, en un lugar en el que nadie puede ver, así que abrirla arrojaría, en el peor de los casos, una puerta abierta sobre ningún marco, nada más ahí parada y abierta, sin nadie que te diga "¿pues qué esperabas que estuviera del otro lado?" ni se burle de ti. pero también, como nadie sabe cómo llegó esa puerta a tu cuarto -y en este contexto, nadie eres tú- bien podría ser una puerta a otro universo o dimensión. podría, quizás, dejar caer una cubeta de lodo sobre tu cabeza o dejar entrar uno de esos horribles tremors que causan tanto terror bajo la tierra o una catafixia o un pastelzao de crema porque, bueno, no sé, esas cosas suelen estar detrás de puertas.
la pregunta, querido lector, es sencilla: ¿abres la puerta?
