martes, 16 de noviembre de 2010

martes bíblico porque los totoros ya no vuelan

Sansón y Dalila no se dijeron nunca la verdad. Sansón, que estaba enamorado de Dalila, fingía estar con ella por interés y Dalila, que fingía estar enamorada de Sansón, estaba con él por interés. Todos en el mundo antiguo sabían del soborno que ella había recibido por parte de los filisteos para encontrar la manera de vencerlo. Por eso, cada vez que Dalila preguntaba el origen de su fuerza, Sansón le respondía una mentira. Ni siquiera eran buenas mentiras. Le dijo que lo detendrían siete cuerdas mojadas o algunas cuerdas nuevas. Después fue sacando provecho de la situación y dijo que lo detendrían unos huaraches nuevos o buena comida durante un mes. Cuando eso falló, le insunuó que su fuerza se desvanecería después de una noche de pasión. O dos. O diez. O diario. Sansón parecía querer matarla, pero le daba todo lo que pedía. Y Dalila que parecía darle todo lo que pedía, en realidad quería matarlo. Poco a poco, la comida, la cojida, la cobija y sobre todo la compañía diaria, fueron convirtiendo lo suyo en una relación estable y vivían los dos felices en el engaño. Hasta que un día, volvieron los filisteos a insitirle a Dalila, amenazándola de cada manera posible. Dalila llegó a casa y una vez más, le preguntó a Sansón por el secreto de su fuerza. Sansón le contestó que un beso del verdadero amor acabaría con su fuerza, pues sería toda la fuerza que necesitaría jamás. Cuando eso no funcionó, Dalila, que ya no fingía amarlo, lloró inconsolable. Sansón, que ya no fingía no amarla, tenía que cumplir con su misión y le contó otra mentira: toda mi fuerza proviene de mi cabello.
Ni Sansón ni Delila se dijeron nunca la verdad. Ambos fueron felices.
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