quizás quien más se alegró de mi primera decisión de carrera fue mi abuelo, don Daniel. desde que yo era niño, nadie como mi abuelo se entusiasmó de que hubiera aprendido a leer y me regaló uno de mis primeros libros que hasta la fecha conservo: El Llano en Llamas, de Juan Rulfo, en una versión para niños ligeramente traumatizante y con muchos dibujos, editada por la Universidad de Guadalajara. más adelante, y mucho antes que en el programa de lectura de secundaria, mi abuelo me regaló una copia de Pedro Páramo.
el verano en el que cumplí quince años, hizo enorme una desviación en el camino al rancho -que estaba en Zapotlanejo- para llevarme a un pueblito cerca de Sayula, donde había trabajado cuando niño. sin bajarnos de la Chevrolet pick-up blanca que siempre manejó, me señaló una esquina y me dijo: En esa esquina tenía mi puesto de bolerito. tenía trece años, Juan tenía tan sólo ocho. nos hicimos buenos amigos, pues él vivía solo con su abuela y salíamos a jugar en las tardes. desapareció quizás tres semanas y cuando volvió, me dijo que había encontrado un gran lugar y que algún día me llevaría. Juan quién, pregunté. Juan Rulfo, me contestó. el lugar del que hablaba era por supuesto Comala. poco a poco me fue enseñando las demás cosas que sabía sobre cómo llegar. cuando aprendí a manejar me llevó cerca de San Gabriel y él -que ya no podía caminar tan fácil, pero tenía energía y un bastón- me enseñó el camino: Estoy seguro que es por acá.
ya en la universidad, me encontré un libro que resultaría muy valioso en esa pequeña biblioteca con catálogo tan extraño. se trataba de "El paisaje de Comala" de José Lara, en el que detallaba la ubicación de cada árbol y cada roca que se menciona en Pedro Páramo, con una serie de planos topográficos. saqué el libro en varias ocaciones y mi nombre era el único en la papeleta. hice comparaciones con mapas de los altos y los llanos de Jalisco, de la región cercan a la que me había indicado mi abuelo y había reducido las opciones a sólo tres.
la última vez que lo vi, mi abuelo me llevó a su biblioteca donde me enseñó una edición manuscrita y muy preliminar de Pedro Páramo que le había regalado Juan Rulfo. la puso en mis manos y me hizo jurar que encontraría Comala. yo lo hice. volvió a tomar el manuscrito y lo guardó en su caja fuerte. don Daniel Alatorre Pulido falleció tres meses después, cuando yo estaba en la olimpiada nacional de Guaymas. cuando llegué a Guadalajara había pasado la ceremonia; mi abuela me recibió en la casa y me llevó a la biblioteca. Tu abuelo quería que tuvieras estas cosas, me dijo mientras me daba una caja que no abrí delante de ella. no la abri hasta estar en mi cuarto en Guanajuato. adentro estaba el manuscrito, una libreta pequeña con sus propias anotaciones, tres mapas muy similares a los míos y suficiente dinero para iniciar la expedición.
esas vacaciones hice mi viaje a Europa donde hice la firme resolución de encontrar el lugar. regresando a México, hice una muy breve visita a Guanajuato donde tomé los mapas, la libreta de mi abuelo y robé el libro de Lara de la biblioteca -cosa que era extremadamente sencilla. mi plan era faltar a la escuela máximo dos meses -es decir, llegaría a tiempo para el inicio del curso- y dedicar ese tiempo a encontrar Comala.
hice el viaje hasta San Gabriel en coche y estuve en una pensión muy barata casi una semana. lo único que recuerdo del lugar es una pintura con una escena bíblica que estaba en la sala. se trataba de una réplica de una pintura de Eduardo Riccioni cuyo original había visto en Florencia y que retrata dos versículos en el huerto de Getsemaní y la recuerdo porque me desagradaba muchísimo. en esa semana pregunté a cuanto señor mayor de ochenta años encontré. con eso, los mapas y la señal de mi abuelo logré decidirme por una dirección. el resto del camino tendría que ser a pie. en la maleta que había prestado para el viaje a Europa y que todavía no devolvía guardé la libreta, una bolsa para dormir y toda el agua que pude. lo demás lo dejé en mi auto, en la pensión.
para el cuarto día había perdido toda la esperanza; no sólo la de encontrar Comala, además la de volver algún día. el territorio era sumamente árido y por las noches demasiado frío. con evidentes señales de insolación y algo de demencia causada por tanto sol y tan poca comida, me pasaba horas repitiendo: It's something unpredictable but in the end it's right, i hope you had de time of your life.
no sé cuánto tiempo después, pero poco antes de dejar este mundo, llegué a Comala. un caserío no muy grande, pero perfectamente conservado. no sólo todas las casas estaban de pie y sin huecos, además estaban muy bien pintadas. sin embargo, no había nadie. encontré bicicletas en la calle, no había basura. me armé de valor para entrar a algunas casas y eso sólo me asustó más. por adentro, las casas estaban limpias, sin mucho polvo. en una encontré agua en un cazo, como puesta a hervir no hace mucho. en otra había un canario en una jaula, vivo. lo que no había era comida, huellas, señales de que alguien estuviese vivo ahí. era sólo como si el tiempo se hubiese detenido el momento en que el pueblo se vació.
hice un último intento en una casa que me pareció particularmente descuidada y me saqué el último susto. no se escuchaba ruido adentro y caminé un larguísimo pasillo que llevaba a varios cuartos, hasta llegar a un patio interior lleno de plantas todas vivas. la puerta daba a la cocina donde había hormigas. estaba por entrar a la sala cuando la escuché. no sé si me vio, si me escuchó entrar o si simplemente recitaba su historia en momentos aleatorios del día, para sí misma. al principio estuve tentado a salir corriendo pero poco a poco me acerqué y terminé sentado a su lado. ésta es su historia:
éste era un pueblo bien bonito, bien lleno de vida. yo fui su maldición. desde que era yo muy niña me decían que no había nadie más hermosa que yo en el mundo. no sé si eso fue cierto, porque nunca he salido de este lugar, y aunque no tengo ganas de presumir, creo que era en verdad muy hermosa. a los dieciséis, un hombre se enamoró perdidamente de mí, o al menos eso decía. para que le diera el sí, me juró por ésta que moriría por mí y como era hombre de palabra, así lo hizo: se aventó desde el cerro de la crucita con un papel que decía que lo hacía por mí. para no quedarse atrás, otros tres hombres hicieron algo parecido: uno sacrificando su brazo derecho, otro el izquierdo y el tercero una pierna. todos ellos lo hicieron por mí, para ganar mi corazón, pero en ese entonces no había en el pueblo siquiera medicinas y bien me hubieran dicho lo mismo que el primero porque se murieron también. las señoras se llevaron a sus hijos y sus familias a Sayula, para que nunca hicieran algo así. en menos de dos años, el pueblo se fue quedando vacío, pues los que no se iban tenían mucha prisa por ganar mi corazón y se morían. pensé que me quedaría bien sola para siempre pero llegó un hombre distinto, uno que ofreció dar su vida por mí todos los días, en la siembra, con las cabras, en la pizca, en la cama, con los hijos. nos casamos, que quiere decir que nos juntamos para siempre, pero nunca tuvimos un niño ni una niña. él trabajaba todo el día para traer la comida y yo lo esperaba en la casa. un día me dijo que tenía que irse con la bola y yo le dije que sí porque sí era cierto. así se fue un día y yo me quedé aquí, donde juré que lo esperaría. aquí lo sigo esperando.
me regaló una foto de su amado y me quedé viendo sus ojos. no recuerdo más. no recuerdo cómo regresé ni cómo fue que llegué a mi cama en Guanajuato. cuando necesito asegurarme de que no fue un sueño, leo el manuscrito que me regaló mi abuelo, mirando la foto que me regaló aquella anciana, la foto de alguien que conozco muy bien.
