miércoles, 2 de febrero de 2011

miércoles de historiador inventado

Historia de la fundación de Guanajuato, en palabras de mi abuelo

El monólogo que transcribo a continuación, logró mi humillación en mi clase de historia del quinto grado, cuando mi abuelo –la persona más longeva de la ciudad- fue invitado como orador ante el grupo. Lo he aprendido de memoria a fuerza de escuchar las burlas constantes de mis compañeros.

La gente de por aquí no lo sabe bien –sobre todo esos turistas güeros que lo ignoran por completo- pero el trabajo de guía de turista es sumamente apreciado. Incluso, es un trabajo que sólo se les otorga a personas que pertenecen a las familias más antiguas de esta ciudad, normalmente de apellido Rocha o Palacios. Los españoles que primero llegaron se sorprendieron al ver una ciudad en ruinas, habitada por seres similares a cabras monteses. Estudios arqueológicos más recientes han demostrado que en realidad la ciudad no estaba en ruinas, era éste el estilo arquitectónico de estos seres sin pulgares opuestos. Los españoles intentaron aniquilar a todos los habitantes como parte de la conquista, pero no lograban siquiera acercarse a ellos. Cuando intentaban perseguirlos, se les perdían a la primera vuelta. No podían, si quiera, dispararles a distancia sin sentir que aquello era un gran desperdicio de municiones. No pasó mucho tiempo antes de que la situación se revirtiera: estas extrañas criaturas les robaban la comida con sencillas distracciones o los acechaban entre las sombras para hacerlos tropezar. Pronto, los españoles desistieron y dejaron de cazarlos, pero los locales somos rencorosos. Por un par de semanas más los atormentaron con cosas pequeñas como cagar en sus camas y en su comida, pero después se les olvidó como se les olvida todo. Algún tiempo después, sin ninguna transición, empezaron a ser más o menos amigos. El problema fue otro: el sitio fue demasiado largo y la tierra era horriblemente infértil, incapaz de producir cualquier cosa comestible; los conquistadores se vieron pronto racionando todos sus alimentos, pensando en el canibalismo. Cuenta la leyenda que un joven español encontró una de esas cabras herida, con una de sus patas atrapada debajo de un árbol y la liberó, curó y le dio su ración del día. El animal, en agradecimiento, se lo comunicó a sus padres, tíos y hermanos y le tomaron cariño a los foráneos. Los animales los llevaron a una pequeña presa que construyeron uniendo ramas caídas con sus excrementos –que explicaría nuestra natural propensión a la flatulencia- y les mostraron lugares donde crecían frutas extrañas y más o menos sabrosas. Los españoles estuvieron muy agradecidos con ellos. Después, para guarecerse de una tormenta, los guiaron hacia una cueva que resplandecía y que resultó tener oro y plata por toneladas. Donde quiera que los llevaran, los animales trataban de comunicar la importancia del lugar y algo de su historia, en un español que habían aprendido pero que mantenía balidos y bramidos y otros ruidos animales –se ha sugerido el origen de nuestra expresión local Mah! como parte de aquel lenguaje original. Pronto los animales mejoraron su dicción, pero siempre mantuvieron un ritmo muy pausado, dando demasiada fuerza a ciertas consonantes, con una curva melódica zigzageante. También aprendieron a caminar en sus patas traseras; aunque tropezando, tenían ventaja en los empinados caminos que fueron abriendo. Con el tiempo, la primera generación de mestizos nació y poco a poco nuestra ciudad fue creciendo.
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