domingo, 14 de noviembre de 2010

domingo de buen humor, si no fuera por pittsburg

Mi padre trabajó durante varios años en la Planta de Cintas y Centro de Distribución de 3M México en San Luis Potosí. Con motivo del 25 aniversario de la planta, hubo una cena de gala en prestigioso hotel de la ciudad. Richard Drew, el inventor de la cinta adhesiva scotch -que normalmente reconocemos bajo otro nombre comercial, diurex- estuvo presente y regaló un muy conmovedor discurso, mientras giraba un aro de cinta en sus dedos. Transcribo mi propia traducción.

Siempre me ha fascinado esta cinta. Creo que es siempre la primer cosa que viene a la  mente de todos para tratar de arreglar las cosas. Uno puede cortar un pequeño pedazo y pegarlo donde quiera. En algunos lugares no importa con cuánta fuerza presione, la cinta simplemente no va a pegar. En alguno otros la cinta no se despega ni con thiner.  Y a veces, un mismo lugar tiene los dos efectos. Nunca, en todos mis años de experiencia, la cinta ha salido limpia, siempre trae consigo algo de aquello a lo que estaba pegada que se queda con ella para siempre; con eso puedes rastrear su vida y por dónde ha pasado. Normalmente, un mismo pedazo de cinta va perdiendo fuerza con cada vez que se despega e intenta pegar y cuesta un poco más de esfuerzo lograr que se quede fija y sin embargo, a veces la quinta pegada es para siempre. La cinta es a veces sorpresiva e impredecible, puede unir los materiales más distintos y mantener juntos elementos iguales. Y en todo esto se parece mucho al amor.
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