sábado, 11 de julio de 2015

sábado de montaje

en cine y televisión, cuando nuestro héroe -porque habría que admitir que hay muy pocas protagonistas allá afuera- lo ha perdido todo, emprende un viaje a veces físico pero siempre metafórico en el que vuelve como una versión mejorada de sí mismo, un paso más cerca de sus metas y sueños. el viaje normalmente inicia con el único personaje femenino con diálogos, su interés romántico, una mujer más joven y definitivamente más libre y despreocupada que le enseña a vivir de nuevo -cuando no es una historia de amor fraternal, vaya- y que, por lo general, debe dejar ir. la parte final del viaje -después de la decepción que lo separa de la chica- es donde el protagonista se decide a seguir adelante, a ser mejor; es el montaje: una secuencia que nos ahorra los días de trabajo constante en un par de imágenes que regresan sobre el tema central, que nos muestra el avance, los reencuentros, la limpieza y el cambio a ritmo de una canción upbeat y alegre. 

así, cuando uno lo ha perdido todo, es común desear un montaje para no vivir el desagradable llanto, para no trabajar ni esforzarse, para no salir de la cama hasta que pase la tormenta, para no despertar hasta sentirse mejor. esto no es posible, claro, y apenas hoy entiendo por qué: el montaje no lo vivimos nosotros, el montaje es lo que ven los demás, lo que les dejamos ver: en una foto, en una visita, en un avance, en un encuentro, en una plática. el resto: el trabajo, el sudor, los errores, las caídas, los aciertos, los sacrificios, eso es solo para nosotros. 


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